Bueno, bueno, ahora resulta que todo mundo se alarma por las declaraciones del alcalde de San Pedro Garza García, Mauricio Fernández, que dice que su plan de trabajo al frente de este municipio incluye la operación de equipos especiales de “limpieza” y de trabajo rudo para eliminar grupos del crimen organizado, giros negros y 300 puntos de venta de droga. Es decir, que aplicará el tan famoso ojo por ojo, diente por diente.
Las voces de alarma han ido en varios sentidos. Unos insisten que la violencia genera violencia (¿más?). Otros aseguran que tomar justicia por propia mano es, por decirlo de alguna manera, una reacción totalmente animal. Algunos otros no conciben que las propias autoridades rompan las reglas que ellas mismas deben hacer cumplir. Y, otros, en ese mismo sentido, consideran que la legalidad, es decir no andar matando a los narcos y delincuentes como propone Mauricio, aún es la base de la democracia.
Sin embargo, existen otros tantos que apoyan incondicionalmente al alcalde de San Pedro Garza García. ¿Deberíamos pensar entonces que toda esta gente es irracional, animal, intolerante, es decir, un peligro para México? O bien ¿deberíamos comprenderlos (quizá no justificarlos) por el hartazgo que experimentan cuando se sienten vulnerables a ser secuestrados, asaltados o asesinados?
Estamos en un momento definitorio. Bien lo dice Gabriela Warkentin en su
artículo de
El País: “México pasa hoy por un momento crucial en su definición ciudadana: el reconocimiento de los límites del pulso y los espacios del discernimiento”. Y de esto, quienes deberían estar más preocupados son los gobiernos municipales, estatales y federal. Sólo de ellos depende que el ciudadano común y corriente, ese que está harto que sus políticos ganen cientos de miles de pesos y se burlen de él aumentándole impuestos y creando leyes más rígidas, opte por el discernimiento y la reflexión y no por la violencia. El problema, lo sabemos, es que ahora parece ser demasiado tarde. El hartazgo nos ha llegado hasta el cuello. Y parece que en el poder no hay nadie que ni siquiera intente apaciguarlo.