
En 1896, Ángel de Campo fue el primer cronista que recorrió la ciudad en bicicleta: halló una urbe hecha para las herraduras de los caballos. Nada cambia: De Campo descubrió que a la bicicleta la odiaban los pedestres, indignados de que les sonaran el timbre o les pidieran el paso. Descubrió que a la bicicleta la odiaban los cocheros, que dejaban ir la calandria o azuzaban los caballos, como para “apostar carreras”.
Descubrió que a la bicicleta la odiaba la ciudad, cuyo pésimo alumbrado procuraba baches y otras trampas mortales para los ciclistas. Notó que a los heraldos de la velocidad, la gente les aventaba piedras, les enfurecía a los perros y gozaba con fruición ante las caídas.
Y sin embargo, la bici causó furor. Salvador Morlet le dedicó la polka más famosa del porfiriato. Todos olvidaron “su caballo y su albardón”. Nada como “pedalear con furia hasta que volaban las cintas de la gorra, pidiendo paso a gritos”.
La bici, escribió De Campo, era ideal para dar alcance a deudores morosos y huir de los charlistas que robaban el tiempo a lengua armada. La bici terminaba con los zangoloteos y el olor a sudor y a zapatos del tranvía. ¡Qué tiempos señor don Simón!
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